Diciembre

Es muy fácil sentir que Diciembre ha llegado: cambia el olor del aire que respiras; no tan pronto en el mes mas temprano en el día, pues cada amanecer viene empapado en el dulce final de una llovizna. Y al ser algo constante y evidente, nunca lo notará la mayoría. Imbuidos en sus ansias de descanso, centrados en los cierres de gestiones, buscando comenzar sus vacaciones se acuestan agotados, y duermen hasta tarde, y viven más deprisa. Lo que es gesto normal (escuchar a las aves, sentir sol en el rostro, caminar despacito mirando donde pisas) pasa a ser privilegio de los pocos, de los inadaptados, de los locos; de quienes en rebelde desafío se atreven a vivir diferente de otros. No mejor ni peor, diferente, eso es todo, como quien se resiste a perderse del todo y también a perder sus derrotas y logros.

Y es que este mes, Diciembre, familiar (conocido), tiene miles de rostros que son apenas uno: el del niño feliz esperando a la fiesta, el del padre con prisa al que el deber apremia, el dar y recibir y el pedir que lo infecta. Pero el aroma cambia de persona a persona, aunque quieran negarlo y lo cubran de especias, y saturen el aire con vino y con almendras. La lluvia es inclemente: arrastra suciedades, destapa los recuerdos, desnuda el corazón de los que estamos viejos; por eso es tan difícil, por eso es tan sincero, porque ya se fue un año de aguantar en silencio.

Y me huele a aeropuertos, a tantas despedidas, a maletas y a ropa cubierta en naftalina. Y me huele al olor de rechazos lejanos, y me huele a sus llantos, y a mis pañuelos blancos; a trópico, a montaña, a playa inmaculada, a cerveza corriente, a café con tostadas, al barro de la selva, al polvo de la pampa, a ríos y acantilados y al gris de tu mirada. Y me huele al asfalto y a tu calle empedrada, y a las piedras del campo jamás antes pisadas, y a líquenes y a musgos y a flores apiladas; a libros encerrados, a mascotas perdidas, a cenas con extraños, a velas encendidas. Y me huele a ese cine, y a tantos otros cines, atestados e incómodos y dejados al vuelo porque un bolsillo vibra, porque un susto amenaza, porque el sucio dinero a algún sentir rebasa. Y me huele a hospital, y me huele a linaza, y me huele al hostal, y me huele a tu casa. Me huele a tren y a pan, aún caliente la hogaza; a un acuario vacío, a reír y charlar hasta que el día te alcanza. Y me huele a tener, y también a dejar, y también a perder, y también a llorar.

Me huele a tantas cosas este mes conocido (familiar), desafiante, que sin opción a paz también me la arrebata. Me huele a tantas cosas, aunque no huelas nada.

“Ciudad Maravilla”

No he acompañado el proceso muy de cerca, debo admitirlo, pero me da la impresión de que La Paz acaba de ser elegida una de las siete “Ciudades Maravilla” del mundo. Y me parece fantástico, no sólo porque esa designación le asegura un mayor flujo turístico y una especial notoriedad entre las poblaciones del planeta, sino porque a la mayoría de sus habitantes eso les infla el pecho de orgullo. Me alegro mucho por ustedes, amigos míos. Y, al mismo tiempo, no tanto.

Lo que impide que me sienta totalmente feliz por ustedes es pensar en que ahora tienen en sus manos un gran, gran trabajo. Pues sí, porque su labor no terminó con hacer clic en la página de registro de votos; ni con hacer fila en alguno de los puestos móviles que se dispuso para tal efecto (medida muy acertada, por cierto, considerando que el paceño promedio no cuenta con un acceso decente a la Internet siquiera). No, como dice esa frase tan trillada, “con un gran poder viene una gran responsabilidad”; y si los paceños ejercieron su poder para colocar a La Paz en la lista codiciada, ahora toca asumir las consecuencias de ese logro.

Por supuesto, es muy complicado que cualquiera de nosotros pueda hacer algo por convertir a la Ciudad del Illimani en un sitio más maravilloso: sus montañas, sus cielos azul profundo, su topografía caprichosa, su estructura surreal… bueno, para qué vamos a seguir hablando de eso. Pero La Paz tiene problemas que no aparecen en sus fotos panorámicas, que se camuflan bajo la apariencia de manto estrellado que tienen sus laderas por las noches, que solapadamente existen en las aceras a la izquierda y a la derecha de esas tan coloridas entradas folclóricas que acaparan la atención de todas las lentes. Y por muy inolvidable que sea esta ciudad para el visitante ocasional, somos quienes la vivimos día a día los que sabemos cuál es su condición real.

La Paz, y su tráfico infernal. La Paz, y su basura amontonada por todos lados. La Paz, el único lugar que conozco donde puede encontrarse personas ebrias las 24 horas del día, los 365 días del año. La Paz, con sus ríos contaminados y su aire viciado. La Paz, llena de perros callejeros, de comercio desordenado, de filas por todos lados. La Paz, un lugar donde sufren los niños, y las mujeres, y los ancianos. La Paz, tan visitable y tan poco habitable.

Una lástima. Pero, al mismo tiempo una alegría, porque nos da la oportunidad de demostrar que La Paz tiene habitantes que son una maravilla; personas con espíritu valiente, que enfrentan desafíos no sólo en cuanto a geografía, sino también en el ámbito de la ciudadanía. Ya se logró que nuestro nombre se conozca en todo el mundo. Ahora, hagamos que esa fama sea bien merecida.

Tal vez esto te pueda ayudar

¿Eres capaz de describir lo que se siente estar enamorado? Tal vez esto te pueda ayudar:

Seres de una misma estrella

Anidados en el mismo polvo estelar
dos seres nacieron para crear
un universo construido de sentires vedados,
de galaxias hechas de palabras,
de abrazos convertidos en cometas,
de ansias de Vía Láctea.

Los seres se separan para aprender,
recorren caminos de antiguas estelas;
el azul del agua los atrae y se encuentran,
y se sienten sin estar
y se esperan sin ser
y se desean sin tocar.

Los seres se desnudan para entender,
se recorren para reconocer,
se besan para calmar,
se aman para recordar
que vienen del mismo polvo estelar.

Los seres se separan para no olvidar,
retoman caminos de su viejo andar,
se saben cercanos en su mirar.
Saben que una vida no bastará
y que millones de estrellas pueden esperar.

Dew, noviembre 2014

There’s a religion for that

What’s great about the iPhone is that, if you wanna believe that dinosaurs breathed fire, there’s a religion for that. If you wanna believe that waving a chicken over your head can take away your sins, there’s a religion for that. If you wanna believe that sacred underwear can protect you from speeding bullets, there’s a religion for that. If you wanna believe that bread can turn into human flesh after you’ve swallowed it, there’s a religion for that. And if you wanna believe that each human being contains many alien spirits that were trapped in volcanoes by hydrogen bombs, there’s even a religion for that. Yep, there’s a religion for just about anything… only on the iPhone.